• Armando Chaguaceda

Neoliberales: la miopía antropológica

Actualizado: 2 de ago de 2020

Se ha escrito mucho sobre el fenómeno neoliberal. Sus fuentes intelectuales y genealogía han sido exploradas por académicos como Fernando Escalante, Dani Rodrik y Joseph Stiglitz, Sheri Berman y Niklas Olsen, entre otros, quienes hicieron balance de su impacto en la economía, los modelos de desarrollo y las políticas públicas; con una profundidad que rebasa las simples caricaturas de apologistas y detractores. Pero siempre vale la pena revisitar su actualidad.


Y es que el neoliberalismo es mucho más que una doctrina económica o un conjunto de recetas para la privatización y el ajuste. Siendo un proyecto político triunfante —en tanto modo de concebir y reformatear el orden y las instituciones dentro de una sociedad y época determinados— el neoliberalismo tiene una arista menos explorada dentro de nuestro debate cotidiano. Se trata de su faceta antropológica, ligada a una peculiar visión de la persona y la comunidad humanas.


Los neoliberales parten de la asunción de la persona en tanto homo economicus fundado en la primacía, a ratos avasallante, de una razón de mercado. De un mercado desregulado, cuya acción sería capaz de producir, de forma paulatina, mares de riqueza derramable. Privilegiando al consumidor antes que al ciudadano, al individuo antes que la comunidad, el credo neoliberal reduce la compleja y contradictoria esfera de los derechos de ciudadanía a una de sus dimensiones. Desde una lógica de individualismo posesivo —Mac Pherson dixit— elevada al rango de dogma, empobrecedor de la plural y sofisticada tradición liberal.


Semejante miopía antropológica parece impermeable a la fuerza de los hechos y del debate argumentado. Si en un país la privatización de los servicios públicos no trae las mejoras prometidas de cobertura y calidad, la respuesta será que aquella no ha ido suficientemente lejos. Si la corrupción, los oligopolios y las prácticas neopatrimoniales aparecen ligadas a los procesos de venta de activos públicos, los empresarios voraces y políticos venales —y no la agenda misma— cargarán con la culpa. Si el crecimiento mediocre lastra economías sumisas al Consenso de Washington, se seguirá responsabilizando a las décadas de modelo sustitutivo de importaciones. Todo lo que menciono arriba son ejemplos de extraídos de nuestra realidad continental, mal le pese a los adoradores —que no discípulos— de Hayek, Mises y Friedman.


No importa que el Banco Mundial y el Fondo Monetario aconsejen revisar sus viejas tesis: los neoliberales dogmáticos creerán, como los leninistas, que la realidad debe acomodarse a aquellas y no a la inversa. No por gusto sus lógicas radicales suelen reforzarse mutuamente, pavimentando sus victorias. Todo sacrificio —a costa de las personas o la naturaleza— es plausible, en aras de la supuesta realización del dogma del mercado total. La economía mixta, la regulación pública, el monitoreo de la sociedad civil, la relevancia de otros derechos y otras ciudadanías son pecado para quienes sostienen la miopía antropológica del neoliberalismo triunfante.


DISTOPÍA CRIOLLA

Por Armando Chaguaceda - 27 enero, 2020 12:08 am

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